La posibilidad de otro mundo posible, mejor, humano, radicalmente humano donde la felicidad de la persona sea el objetivo y la norma fundamental se cimenta en la esperanza, la terca esperanza de hombres y mujeres que, aún contra toda evidencia, creen que es posible. El imperio (vaya lenguaje más trasnochado pensarán algunos), que no cree en la persona sino en el poder, en el beneficio, en la acumulación desmedida hace una labor inmensa, constante, poderosísima para romper esos “focos malignos” de terca esperanza en cualquier persona. Y ya sabéis cuál es el resultado: una persona sin esperanza es una persona manipulable y manipulada, sumisa al sistema. Por lo tanto, no hay otra labor más importante para mí que trabajar por mantener la terca esperanza viva y fuerte en mí e influir en mi entorno para que esa misma terca esperanza se mantenga y, aún más, crezca.